QuéPasaColima.- Me
rompí, el día que supe de tu infidelidad sentí que caía a un abismo sin
regreso, de a poco me ahogue, me sequé por dentro, vi caer mis pedazos y rogué
porque sólo fuera la peor de mis pesadillas, pero no fue así.
Cuánto duele el engaño, la omisión, la falta de
pantalones, de valor. No te importaron
las promesas, los te amos, las derrotas y victorias que compartimos, sólo te
importó irte a la cama con la otra, a quien no le puse rostro, no por cobardía
sino por simple salud mental... Ella no tuvo la culpa, la culpa fue tuya,
porque el amor era nuestro, tuyo y mío y de nadie más.
No es que defienda la inconsciencia de esa chica, pero
segura estoy que aunque sabía claramente que me lastimaba, bastante tuvo con
pensar que nunca le compartirías tu vida por completo, que quien roba a una
mujer, jamás será digna del amor.
Sin temor a equivocarme, puedo jurar que por su cabeza
pasó una y mil veces que cuando asumes el papel de la segunda, la escondida, la
sucia o la querida, lo haces con el riesgo de que él hombre en cuestión solo
busque su placer, sino no te utilizaría.
Por eso la compadezco, porque se tragó el cuento de que tú
tenías a la peor de las mujeres en casa, porque tuvo que tratar de convencerte
que lo mejor era dejarme a costa de escuchar mil veces los hermosos motivos del
por qué no lo hacías, del por qué jamás te decidirías por ella.
No, la culpa no es de la otra, es tuya porque tú me
dijíste que me amabas, ella no, pero como me causa pena, yo me deshice de su
fantasma, avancé, estoy de pie, integra, plena y sin embargo puedo jurar que
ella jamás olvidará su lección: "Cuando amas a un hombre ajeno estás
destinada a darle lo que le falta a cambio de recibir lo que le sobra".







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